Santa Cruz: tú y yo

Una vez mordido el anzuelo, ya estás en la vida. Y aquí, adentro, en el hemisferio sur (que es el que te ha tocado en suerte) gira de una manera vertiginosa la savia ardiente, venenosa y umbilical que llamamos ‘el deseo’. A partir de ese mágico momento ya nada satisface, ni la luna al fondo del cielo, con su circunferencia gigante, ni las luciérnagas despreocupadas de ser estrellas taciturnas que buscan iluminar perdidos escarabajos en celo tras de alguna hoja de brunnera ‘Jack Frost’, que en Bolivia llamamos “Hoja de Eva” por ser grande y arropadora y que ondea sin rubor en los jardines.
El deseo es el motor de la vida.
He caminado con gran alegría la Uruguay - Argomosa, y he disfrutado de pasar bajo los árboles de su parque, que nadie parece visitar. Para mí, desde el sendero que es parte de su jardín, este parque, como cada uno de los fragmentos de la ciudad que abarcan en esencia toda ella, es un milagro. Santa Cruz de la Sierra me muestra su vitalidad, y aun los toborochis hoy silenciosos de flores, guardan en sus formas esa energía que todos buscamos desesperadamente para expresarnos, la energía de vivir.
Y entre el deseo que bulle y la ciudad que me mira, resucito señalado para ser un hombre más de la fiesta.